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En una inesperada despedida, el pasado 11 de octubre y a sus 72 años de edad, el fundador de Hoteles Decameron emprendió un largo viaje. Como aquel relato del Génesis sobre los seis días en que Dios trabajó fuertemente en la creación del mundo y al séptimo descansó; ‘Don Lucio’, como todos le llamaban, levantó vuelo de este mundo en un atípico itinerario de domingo.

La noticia rápidamente conmovió a varios líderes de América Latina, entre empresarios, políticos, ministros y periodistas. Así como a colaboradores y simpatizantes, quienes elogiaron la incansable labor del líder colombo-argentino en pro del turismo y del empleo para la región. Otros tantos, lamentaron su partida como una enorme pérdida para el sector turístico. Pues, antes de emprender su viaje, primero se aseguró de construir un gran legado, cimentado en la empresa que forjó como uno de sus mayores sueños.

El heroico rumbo

Toda la aventura comenzó en 1987 al calor de una tarde caribeña en Cartagena de Indias. ‘Don Lucio’, para ese momento, se presentaba como un economista argentino graduado en Estados Unidos y con un importante recorrido en el sector hotelero internacional. Allí, le inquietó el consejo de su amigo Julio Mario Santo Domingo sobre comprar la torre del hotel ‘Don Blas’.

La idea pudo sonar algo más que absurda, si recordamos que en esos años Colombia era una nación agobiada por graves conflictos internos y en donde las mortíferas bombas de los carteles del narcotráfico ahuyentaban a centenares de turistas. Aquello solo sería un problema menor para él o, lo que es mejor, o inconcebible para algunos, ni lo haya pensado siquiera. Y usted, amigo lector, tampoco le dé vueltas a ese asunto. O como él mismo se lo diría con su portentosa voz: “No Piense”. ¿Qué no piense? Precisamente esa fue de sus más contundentes e incómodas advertencias con que enseñó a sus más cercanos colaboradores a analizar los asuntos para tomar las mejores decisiones.

“Él no quería que pensáramos, quería que entendiéramos y nos informáramos. Aprender a no predisponernos en supuestos”, enfatiza Diego Nieto, vicepresidente comercial de Decameron, quien explica que ese fue un método práctico al mejor estilo de “Keep it simple and don´t be stupid” (hazlo simple y deja de ser estúpido), como él mismo lo pronunciaba, y por el que se rigió para tomar las más raras y correctas decisiones para su cadena.

La Cartagena de los 80’s sería entonces el descabellado comienzo y el bastión de su emprendimiento, que primero se registró bajo el nombre de Cassiddi Investment y operaría en la torre de hotel de la zona de Bocagrande.

#TodoIncluido para dar ‘sopa y seco’

Pero a esa forma práctica de decidir sobre las cosas también le imprimió su carácter exigente. Siempre buscando la forma de hacer las cosas mejor. Fue así como, antes de abrir el nuevo negocio, primero entendió la necesidad de salir con un producto que agregara valor al consumidor y representara la perfecta triada entre calidad, costo y beneficio. Mejor dicho, ‘Bueno, bonito y barato’ como se dice popularmente.

Y a partir de allí surge la idea de lanzar su servicio hotelero con el sello del denominado #TodoIncluido, que no es más que un plan de vacaciones que permite a los viajeros disfrutar de diversos servicios y facilidades con un pago único y asequible, sin preocuparse por sacar más de su bolsillo. Una propuesta que resultó cómica para todo el gremio hotelero y por la que “vaticinaron una quiebra segura”, recuerda Jairo Berrío, director corporativo de la cadena, pero que contra todo pronóstico se ha hecho sostenible en el tiempo y aún sigue degustándose como cátedra de negocios para todo el sector.

Fundador de Decameron, terco capitán a la conquista

La india Catalina no sería la única postal que haría parte del ‘brochure’ #TodoIncluido. A Cartagena le siguieron otros importantes destinos como Santa Marta y San Andrés. Sí, en el mismo país que todos consideraban en llamas, pero donde sigue obteniendo inmejorables resultados. Y más tarde decidió desembarcar en otras latitudes por las que tampoco, aún en estos tiempos, ni el más osado de los piratas se atreve pisar. Ya era bien conocido que controvertía muchas cosas y no aceptaba un no como respuesta, aunque aquello le significara un riesgo.

“Veía lo que otros no percibían, imaginaba lo que otros no vislumbraban y creía en lo que otros no daban fe”, resalta Juan Pablo Franky, vicepresidente de planeación y desarrollo de la cadena, al revelar que el éxito de su antiguo jefe se escondía en la estrategia de anclar en aquellos lugares catalogados como pantanosos para el más común y facilista de los inversionistas.

Con ese olfato encontró un buen viento y un buen mar en los poco publicitados destinos como la escondida costa pacífica de Panamá, el agreste norte de Perú, las olvidadas costas de El Salvador y Ecuador, el temerario México o la convulsionada Jamaica y hasta la devastada Haití. Rincones inexplorados de América y El Caribe que hoy le otorgan un múltiple título de visionario para la industria turística.

Un galeón de puertas abiertas

Navegar en esta travesía no fue fácil. Para ello debió capotear tempestades y aguas turbulentas por las que debió acompañarse de la mejor tripulación. Y aquí es donde todos coinciden en que fue el tipo de empresario noble y celoso con todos sus colaboradores. De aquellos que se tomaba el tiempo para abrazar a cualquiera y dar un cálido “gracias”, o tender la mano a alguien que se encontrara en la peor de las dificultades.

Y también, con ese espíritu afable que lo caracterizaba y sin tanto lobby, se dejaba hablar al oído, ya sea desde un ejecutivo de ventas hasta su más encumbrado asesor. Esto último en procura de descubrir el valor humano en cada uno de ellos. Una disposición que logró transmitir en toda la cadena para crear una atmósfera de confianza y seguridad en su talento humano.

Y con esa filosofía logró surcar las aguas para Decameron durante estos 28 años. Luego de hallar tierra firme en el Caribe, Centro y Sur América; arribó a geografías desconocidas para este lado del mundo como Marruecos, Senegal y Cabo Verde, en el África, sumando más de 40 hoteles y 11.000 habitaciones en 12 países donde se generan más de 10.000 empleos entre directos e indirectos. Una embarcación de la que su capitán ya hizo check-out, pero que seguirá timoneada con su mismo ímpetu en procura no encallar.

Por Carlos De Hoyos Casadiego